La riqueza de nuestra generosidad

(II Corintios 8:1-7) El pasaje anterior, recomendado nos presentan los principios divinos y promesas que encierran el diezmar y ofrendar. El creyente le pertenece a Dios, y reconoce que lo que tiene o administra en el aspecto financiero material, no es de su pertenencia sino de Dios y que le ha sido encomendado por el Señor para administrarlo y que debe tomar la decisión fundamental en su corazón para servir a Dios, la iglesia y a su prójimo, pues en última instancia es Dios quien provee semilla al que siembra como al que administra.

Los recursos financieros que Dios pone en nuestras manos, no son para que los tengamos como un dios a quien entregamos todo nuestro tiempo y vida para aumentarlos, hasta el punto que terminemos apartándonos de Dios, de su servicio y de la iglesia.

Debemos aprender y estar convencidos que el dar a Dios los diezmos y ofrendas que le pertenecen, deben ser en proporción a los ingresos que recibimos ya sea sueldo, décimo terceros, vacaciones, regalías, ganancias en negocios que hagas, regalos, herencias y todo lo que consideremos que es una bendición recibida de parte de Dios.

El diezmar y ofrendar debe ser hecho comprueba del amor a Dios que tenemos y queremos manifestar por su misericordia, pues mientras otros tienen que mendigar, su palabra se cumple en nosotros de que “no hay justo desamparado, ni su simiente que mendigue pan“. Salmos 37:25

Debemos entender que el dar a Dios los diezmos y ofrendas, no solo estamos haciendo tesoros en el cielo, sino que también estamos creciendo en fe, en amor, obediencia, servicio, cosechando así bendiciones mayores, pues dice su palabra que Dios “proveerá y multiplicara vuestra sementera (fuente de recursos) y aumentará los frutos de vuestra justicia, para que seáis enriquecidos en todo“.

La mujer de Sarepta en un momento dio todo lo que tenía como prueba de su fe y obediencia a la palabra que Dios había dicho, pero el tiempo que ella demoró para probar que Dios es fiel y cumple su palabra, fue el tiempo que demoró desde donde estaba Elías hasta llegar a la casa de ella. (I Reyes 17:8-16)

Esta viuda llegó a cambiar lo dudoso por lo indudable, lo invisible por lo visible, llega recibir una bendición material y además, una bendición espiritual.  Somos nosotros los que decidimos cuánto queremos tener y recibir de Dios al ser fieles a Dios o no.

Un espíritu agradecido siempre ha de ser cultivado por el cristiano; debemos preparar un canto para nuestro Dios.  La tierra ha de ser un templo lleno con los cantos de los santos agradecidos y a cada día ha de ser un altar humeando con el dulce incienso de acción de gracias.

Pablo y Tella Flórez
Pastores Iglesia Cuadrangular de Calle "Q"